Estaba por cruzar cuando la vio unos metros más atrás por la vereda de enfrente. Cruzó excitado y metió la llave empujando la puerta de calle dudando si dejársela abierta, - hace tanto que me seguís - pensó al cerrar. Se dirigió al ascensor. Cuando abría el fuelle metálico el inglés del quinto entraba con un diario en la mano. Creyendo que lo saludaba, saludó haciendo un gesto que invitaba a compartir el ascensor. Le pareció escuchar un "suba, suba tranquilo" con cierta aprensión educada en la voz del otro mientras lo veía dejar el suplemento deportivo, que el encargado recogería luego, en el descanso de la escalera que hacía las veces de buzón abierto ... muchas veces el goleador de la semana a todo color yacía entre cartas y facturas de servicios varios.
Apretó el nueve mientras hacía un rápido inventario de la compra que llevaba en dos bolsitas blancas iguales –café, manteca, azúcar, bananas, naranjas, pan, ... – una vez en su piso sacó el llavero y al sentir un ruido familiar abajo recordó que debía las expensas. Se asomó por el hueco de la escalera y le gritó al encargado que bajaba limpiando piso a piso - esperame que tengo algo para vos. El muchacho venció la distancia que los separaba silbando y escobillón en mano apareció sonriente de uniforme marrón para quedarse de golpe estático, serio y mirándolo fijo.
Entonces la vio... reflejada en el vidrio cuadrado que enmarcaba en rojo la manguera de incendios. Quiso llamarla pero no pudo, no le salía la voz... El reflejo le devolvió enseguida su propia imagen con el brazo del encargado sobrevolando su cabeza - Disculpe, pero era un bicho así de grande - marcando el “así“ entre sus manos separadas - mire ahí va - señalando el aire el muchacho se rió mostrando los dientes.
Mientras le daba los billetes recibiendo un gracias y el recibo que el encargado sacó de su bolsillo trasero la vio huir escaleras abajo. Quizás esta vez lo abandonaba para siempre.