Solidario

Las dos enanas habían salido a la siesta con el calor quemando los adoquines porque no les quedaba más remedio ya que a esas horas precisamente el calor vaciaba las calles y corrían poco peligro de ser vistas, cosa que considerando su tamaño ocurría todo el tiempo, pero las enanas son paranoicas y estas eran gemelas. Gemelas y soberbias al máximo. Sus padres habían muerto en alta mar y ellas siguieron hasta la muerte de su abuela al cuidado de esta, que no precisó ni en sus últimos años cuidado nunca de nadie, y que lo brindó a las huérfanas como sabía, con orgullo de casta que separa del mundo y con dinero que ensordece los reclamos. Las hermanas nunca se vieron en un espejo ni conocieron a otras niñas hasta que ya adolescentes muerta la abuela supieron que eran enanas, puesto que nunca habían asistido a una escuela la enseñanza que recibieron de los labios y el perseverante oficio de la institutriz alemana en la biblioteca de la quinta de la que nunca habían salido fue vasta; y, les dio esa chispa de inspiración que las llevó luego de verse en el espejo interior del armario del cuarto de la difunta directo a la enciclopedia donde se hallaron dibujadas y definidas. Enseguida lo dispusieron todo despidieron a la germana y a las criadas, llamaron al escribano encargado de administrar la fortuna que les correspondía y se trasladaron a la suntuosa casona del centro. Contrataron a través del escribano a dos muchachas para todo servicio y se decidieron a viajar para conocer mundo. Pero el escribano y las dos muchachas planeaban envenenarlas con fines más que obvios. Las enanas tenían el olfato nervioso de los conejos y como el camaleón despistaban camuflándose, no gracias al cambio de colores sino al duplicado de lo mismo, así fue que el ser idénticas las salvaría. Gracias a sus oídos diminutos hechos para los ruidos más sutiles, y al alerta constante de aquellos que necesitan estar a gran distancia de los predadores de mayor porte, en este caso casi todos los humanos mayores de cinco o seis años, se habían enterado del complot contra sus poco voluminosas existencias y aprovechando la ausencia de una de sus guardianas y los extremos de un largo pasillo desorientaron a la otra y huyeron para ir a parar a mis espaldas esta tarde de calor que lo quema todo. Y yo voy caminando rápido pegándome a la pared sombreada por los aleros cuando siento de pronto en cada manga del saco la presión que podrían ejercer los brazos de dos niñas, cosa que creo que son cuando me doy vuelta y veo a dos liliputienses de unos diecinueve años, idénticas en todo, iguales los rostros, doble el vestidito de terciopelo y cuatro los zapatitos de noche negros repiqueteando histéricos en la vereda pidiéndome también auxilio.
Me las llevé a casa y por eso te consulto ya que como abogado nos podrás asesorar legalmente ...